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Nota:
Todos los relatos que aquí se exponen tienen sus derechos reservados.





NO ABRAS LA PUERTA DEL DESVÁN CARIÑO

 

      ¡Por fin!, ya estaba lo había conseguido. La llave del desván se ocultaba detrás del cuadro en el descansillo de la escalera. Se le había caído a su madre mientras limpiaba el polvo, esta miró de reojo pero no había visto que estaba escondido en el hueco del zaguán, con mucho cuidado su madre volvió a dejar la llave. Ahora sólo tenía que esperar…

        -Fernando en diez minutos me marcharé a casa de tu abuela, así que termina de desayunar de una vez –era lo que esperaba oír Fernando que intentando reprimir su emoción pregunta con desgana: -¿Cuánto tardarás en volver?

      -Depende de muchas cosas, pero posiblemente estaré toda la mañana fuera, espero que te cunda con las matemáticas y no quiero oír excusas de ningún tipo porque te las revisaré.

       Fernando calculó mentalmente el tiempo con el que contaba, no quería en modo alguno ser cogido “in fraganti”, necesitaba ojear el desván a sus anchas –Mi madre cogerá el autobús del 30, yo vivo en el barrio de Casablanca, mi abuela en la plaza de San Miguel, por poco tiempo entre autobuses, ir, volver y estar con la abuela, fácil tres horas, mi padre está a mil kilómetros de distancia. Nadie que me pueda importunar ¡Bien!

      -Me voy Fernando, ya sabes, no hace falta que te repita lo que tienes que hacer y por favor –Fernando le cortó-. Sí, que no abra la puerta del desván, aunque no se como la voy abrir si no tengo la llave.

      -Eso es, no abras la puerta del desván cariño –su madre le dio un beso y con una sonrisa se despidió de él.

      Fernando subió lentamente por las escaleras llegando hasta el descansillo, inclinó ligeramente el cuadro y la llave cayó sobre la alfombra. Una llave sucia por el paso de los años y del olvido, aunque no era ese el caso de Fernando que había esperado el momento desde hacía tiempo. Con mano temblorosa fue metiendo la llave en la cerradura, y lentamente la hizo girar resistiéndose con ruido doliente a la que se unió en un grotesco coro el chirrido quejumbroso de propia puerta. Con decisión, Fernando abrió. Sólo vio oscuridad y su olfato fue inundado de un olor malsano y rancio – Me hace falta una linterna – Con paso decidido se dirigió a su cuarto para buscar la linterna volviendo rápidamente a la escalera que escaló de dos en dos peldaños. Su corazón era lo más parecido a un instrumento de percusión absolutamente desbocado y que con ritmo frenético parecía querer saltar de su pecho. Fernando a sus doce años luchaba entre el miedo a lo desconocido y su obsesión por el famoso desván.

      La luz iba conquistando aquella estancia llena de misterio y que parecía haber sido extraída de un decorado terrorífico: cuadros con fotos antiguas de gente que no conocía, un viejo maniquí vestido de militar con espadón incluido, un viejo armario lleno de cosas tan absurdas como ¡Una bola de cristal! Qué demonios haría la bola y de quién sería. En el fondo del desván, un vetusto arcón llamó poderosamente su atención. Fernando con paso lento pero decidido se dirigió hasta el mueble para abrirlo, había muchas telarañas ¿Por qué su madre no entraba nunca a limpiar el viejo desván? La tapa estaba dura y Fernando se tuvo que emplear a fondo, poco a poco fue abriendo el arcón (gran error) de él surgieron unos ojos sin vida, terribles; fríos y malignos. Los ojos de un viejo muñeco en forma de payaso grotesco con una mueca terrible en su cara que no invitaba precisamente a la sonrisa simpática. Fernando cerró aquel mueble de tan espantoso contenido. ¡Un ruido!, alguien subía por las escaleras pero… su padre no podía ser, estaba en Alemania y hasta dentro de diez días no se le esperaba.  Su madre tampoco, siempre entraba por la puerta diciendo: “Ya estoy en casa mis niños” entonces... ¡Quien por Dios! Las pisadas subían lentamente, Fernando empujó la puerta y apretó su cuerpo contra ella. Alguien al otro lado cerró con llave. ¡La llave se la había dejado puesta! Ahora se encontraba encerrado. Fernando se acurruco en una esquina y esperó…

      Pasaba el tiempo, nadie venía. Se fijó en la hermosa cicatriz de su pierna, se la hizo en la Fuente de los Incrédulos. Su padre le había hablado varias veces de la historia de la fuente como símbolo de los que no creyeron en la obra del Sr. Pignatelli. No se les estuvo mal ¡Que se jodan! Un hombre que era capaz de hacer semejante obra como el canal tenía todo su respeto y admiración. Desde entonces y como homenaje al Sr. Pignatelli, siempre que jugaba en el parque cercano rechazaba el agua fresca que le ofrecía su madre para ir a beberla a la Fuente de los Incrédulos, hasta que el tontoculo de Pedrito “el Ñarigón”, que vivía en la calle Riglos le empujó cayendo de rodillas. ¡Siete puntos de sutura que maravilla! A la mañana siguiente fue la sensación del colegio, parecía un mutilado de guerra. Hasta Pilar, la tía buena de la clase, se interesó por su rodilla esto hacía que su admiración por el Sr. Pignatelli creciera un poco más.

      En estas gloriosas meditaciones estaba Fernando cuando un ruido proveniente del viejo arcón le devolvió a la realidad. Algo pululaba por salir. Con un ágil salto se puso en pie corriendo hacía el arcón y sentándose en él. La fuerza que empujaba hacia arriba era poderosa y un sudor frío e intenso recorrió su cuerpo. Un fuerte impulso lo desplazó violentamente cayendo pesadamente sobre el suelo. Reculando desesperadamente llegó hasta la pared, mientras la tapa del arcón se abría lentamente, muy lentamente y unos ojos despiadados fueron asomando, la cara grotesca del viejo y espantoso payaso de feria que solo aparecían en las pasadillas más frenéticas, surgió con terrible expresión que hizo aflorar sus terrores más primitivos. Fernando gritó como jamás un niño de doce años había gritado nunca. Gritó y gritó…

      -Fernando, Fernando, despierta estas soñando- la cara de su madre borró de inmediato la pesadilla que tanto le había atormentado.

       -Si no vieras lo que no tienes que ver no pasarían estas cosas y la culpa de todo la tiene tu padre que te permite ver esas películas. Venga, levántate que tengo que marcharme a casa de tu abuela.

      Fernando todavía sudoroso se levantó de la cama, todo había sido tan real. Después de asearse bajó a la cocina donde su madre le tenía preparado el desayuno.

      -Después de desayunar te pones con los problemas de matemáticas- Fernando no respondió.

      -¿Te encuentras bien?, es la primera vez que no reniegas cuando hablo de los deberes- su madre se encogió de hombros y se apresuró a coger el bolso-

      -Ya sabes… - Fernando le cortó-

      -Sí ya lo se mamá: que no abra la puerta del desván

     -Eso es cariño- su madre se despidió dándole un beso en la mejilla. Fernando cogió la mochila y se dirigió a la cocina pasando por delante de la escalera que conducía al desván. Se paró enfrente de ella y realizó un espectacular corte de mangas. Después, ya en la cocina, se puso hacer los ejercicios de matemáticas con una ilusión como jamás un niño de doce años había tenido, pero nunca la dicha fue eterna y un ruido proveniente del desván le sacó de su ilusionante trabajo. Fernando apretó su lapicero con fuerza, oyó como la puerta del desván se abría con un escalofriante chirrido.

      -No puede ser, no puede ser. Otra vez no por favor.

      Fernando siguió escuchando. Unos pasos torpes comenzaban a bajar por las escaleras. Tac tac, tac tac. Ahora se escuchaba ya en el descansillo de la escalera. Tac tac, tac, tac. Ya habían bajado la escalera y los pasos se dirigían hacia la cocina. Tac tac, tac tac. Estaban en la puerta de la cocina, Fernando bañado en sudor fue girando lentamente la cabeza hacia la puerta dejando escapar un espantoso grito batiendo su propio record sonoro, y gritó como hasta hace poco un niño de doce años había gritado nunca. Mientras una figura grotesca que Fernando conocía perfectamente se acercó hacia él y con voz terrible le habló:

      -Esto te pasa por abrir la puerta del desván cariño. ¡Ja, ja, ja!
 

                             Fin

                                   


 

EL POZO

 Tengo que darme prisa, pronto llegarán, cada vez los oigo más próximos; sus garras están cerca, muy cerca y casi no me quedan fuerzas, pero tengo que intentar contar lo que me ha pasado para que nadie nunca se acerque por aquí, pues el horror anda suelto por estos parajes ¡y las garras con su ruido escarbando se acercan para llevarme! No tengo casi luz, esto es demasiado profundo, ni tan siquiera sé si los renglones que hago en mi libreta son legibles pero tengo que hacerlo, es necesario así que contaré mi historia mientras el dolor me invade con su larga mano. Empezaré por el principio y ojalá me dé tiempo de contarla.

 Siempre he sido un entusiasta de los paseos, también era previsible eligiendo mi ruta que persistentemente era la misma, solía caminar por el Canal Imperial y tenía mi itinerario preferido que arrancaba del puente de Casablanca y llegaba hasta el denominado puente de Enmedio. Si Zaragoza tiene una ruta en el que el misterio y la leyenda se unen formando la poesía, no es otra que la del Canal y su denominado camino de sirga, por donde las caballerías tiraban de las barcazas remolcándolas sobre sus tranquilas aguas, pero de eso ha pasado mucho tiempo y aquel camino ha dado paso al tranquilo paseo matinal.

  La llegada al pétreo puente de Enmedio evocaba una cierta melancolía goticista. Sus arcadas me llevaban a tiempos pasados y a historias fantásticas y terribles, simplemente me sentía bien ante el paisaje al que hacía tiempo notaba que lo envolvía una magia que sólo un poeta podría describir. Aquel terrible y maldito domingo de marzo, descubrí por simple azar, que en un lateral del camino pegado al viejo puente había un descampado sin demasiado interés pero donde florecían unas hermosas flores violáceas. Con la curiosidad propia del que contempla algo bello me acerqué, ya próximo a ellas vi con espanto un pozo semioculto por la maleza y que solo mis reflejos evitaron caer en él. Mi susto dio paso a la indignación, y me propuse llamar inmediatamente cuando llegará a casa al ayuntamiento para que vallaran aquella peligrosa sima, un riesgo para cualquiera como me había pasado a mí. Afortunadamente no era lugar frecuentado por niños pero no dejaba de ser una vergüenza el abandono de la zona y eso era algo a lo que no estaba dispuesto a permitir. Aquella parte de la naturaleza la consideraba como algo sencillamente mío.

Durante la comida y después de desahogarme con la pobre telefonista que tomó nota de mi airada queja, no dejé de darle vuelta a la cabeza sobre la profundidad que tendría aquél pozo. Estaba tan cegado con mi indignación que no analicé objetivamente "insitu" las características de la sima. Pero eso era algo que podría solucionar siempre y cuando el ayuntamiento no hubiera cerrado el agujero, algo que por otra parte me sorprendería ya que las cosas de palacio en fin…

 Durante toda la semana, el tema del pozo se convirtió en algo obsesivo que me llenaba de ansiedad, esperaba el domingo por la mañana para hacerme detalladamente una idea real de las dimensiones y características de la sima, por primera vez deseaba que el ayuntamiento no fuese diligente con el tema. Aquella sima oscura ocupaba mis sueños más frenéticos y mis pesadillas más terribles, pero todavía estábamos a jueves quedaba mucha semana y el desazón se hacía más acusable e insufrible.

 ¡Por fin llegó el domingo! Desayuné de manera fugaz y me dirigí con buen paso muy lejos del pausado caminar que me caracterizaba hacia el pozo que tantas desgracias me traerían. El corazón dio un brinco ¡allí estaba! El ayuntamiento no había actuado todavía  y el pozo estaba entre la maleza de las flores violáceas. Esta vez no tuve ningún miramiento con la belleza de las flores y las aparté sin contemplaciones para despejar su boca. Esta era de forma irregularmente redonda de 1,20 de diámetro y de una profundidad que calculé en unos 17 metros. Me sorprendió que cuando arrojé la piedra para calcular su tiempo de caída y por lo tanto su aproximada profundidad, no escuché el característico "chaf" al chocar con el agua sino un ruido seco. El nivel freático tendría que estar alto dado la proximidad del Canal, esto era algo que no terminaba de comprender y que me hizo perder demasiado tiempo en pensamientos sin sentido.

 Ahora el siguiente paso era descender por él, tenía suficiente material de mi época de escalador y que una inoportuna lesión de rodilla me obligó a dejar. Pero tendría que ser para el domingo siguiente. Maldije la denuncia hecha al ayuntamiento, todo sería que fueran eficientes y me abnegaran. ¡MI POZO! Esto era una locura, algo me estaba trastornando con el tema pero no lo podía evitar y la semana se presentaba llena de angustia. Tenía que bajar al maldito pozo y averiguar lo que se ocultaba, era absolutamente necesario. El pozo era mío y por lo tanto bajar a su seno era una cuestión que no dejaba sitio para el debate, simplemente bajaría, lo comprendéis tenía que hacerlo, era necesario ¡tenía que bajar y lo haría!

Me resulta imposible tratar de describir la angustia que me invadió toda la semana. Sólo tenía un pensamiento y este era llegar al fondo del pozo. Mi temperamento había cambiado, ya no era el tipo educado y compañero leal en el trabajo, ahora era un individuo solitario y agrio de trato, mis compañeros de oficina lo achacaban al exceso de trabajo que realizaba pero en la cabeza una sima profunda y sombría acaparaba mi raciocinio.

 Por fin llegó el desventurado domingo y los nervios escapaban a mi control. Todo estaba preparado: el móvil con la batería llena, la linterna con pilas de repuesto, las cuerdas y los arneses para la bajada, agua y unas galletas saladas. Ahora sólo faltaba ir al maldito pozo y descubrir lo que ocultaba sus oscuras sombras, no es necesario decir que en la noche anterior mis sueños se habían teñido de horribles pesadillas quebrantando mi espíritu como si de un triste presagio se tratara, pero ni eso hizo flaquear mi férrea intención de bajar y de esperar lo inesperado.

 ¡Ya estaba! mucho más pronto de lo habitual y compitiendo con los primeros rayos del sol madrugador. La boca negra me esperaba como invitándome a descubrir su profundo corazón, la entrada tortuosamente circular esperaba a engullirme y yo a bucear en sus entrañas, era como una especie de binomio de querer y necesidad, una conjunción que sólo la obsesión rayando en la locura lo hacían comprensible. Até la cuerda en la base de un pino cercano no antes de asegurarme a conciencia de la sujeción de la misma, comprobé  que llevaba todo y me lance al abismo con el mismo cuidado que un enamorado acaricia a su amada.

 Durante los primeros metros no me hizo falta la luz de la linterna, pero llegó un momento que no tuve más remedio que encenderla, quería economizar lo más posible su uso pero la oscuridad se cerraba sobre mi. Su luz no me mostró nada nuevo: paredes tortuosas algo humedecidas por la cercanía del Canal lo que hacía que renaciera mi sorpresa por no haber detectado agua cuando lancé la piedra semanas antes. Habría bajado unos 10 metros cuando noté una cierta vibración de la cuerda, durante unos segundos me quedé paralizado. No había duda alguien arriba estaba haciendo algo con mi cuerda, grité y chillé con furia pero la vibración seguía. Subir ahora. ¡NO! Seguiría bajando, ya se cansaría quien fuera. Con horror me di cuenta que la cuerda se estaba destensando de manera creciente como si alguien tratara de cortarla. Aceleré mi bajada de manera frenética pero cuando faltaban unos 4 metros la cuerda cedió y caí de manera pesada no antes de golpearme repetidas veces contra las paredes del pozo.

 Ahora estoy en el seno de este maldito agujero. Tengo la cadera rota, un brazo descoyuntado, el móvil resquebrajado junto con la linterna, y de la botella del agua ni se sabe. He gritado, chillado y llorado. He rezado suplicado y prometido, pero ni la Divina Providencia se ha dignado en escucharme, sólo lo que está al otro lado de la pared parece que oye mi lamento y viene a por mi. Sus garras se acercan lenta pero inexorablemente y pronto me llevarán. Se perfectamente que nadie leerá estas líneas y sólo confío en que el ayuntamiento cerrará esta sima de horror y espanto. Una trampa macabra preparada para tipos como yo. ¡Ya están! lo noto, han roto la última resistencia de la pared y se encuentran dentro del pozo. Miles de ojos me rodean, son ojos pequeños y rojos que contemplan a su víctima con regocijo, me acechan, se divierten con mi terror, son crueles y fríos. Esos ojos se acercan, se acercan más, no tengo fuerzas para gritar y la cabeza me da vueltas. Es el fin.


 
UN MES DESPUES

 -Aquí está el jodido agujero es más grande de lo que imaginaba, serán necesarios unos cuantos volquetes para taparlo. ¡Dios que mal huele!

-Dices Pedro que unos cuantos volquetes, yo diría más bien algún camión que otro, tenía razón el tipo ese que llamó denunciado esto ¡joder es verdad huele fatal!

-Seguro que hay un animal muerto en el fondo. Bueno no perdamos tiempo cuanto antes tapemos esto mejor ¡Santiago mira ese bicho cerca del agujero!

-Es un topillo Pedro, estos bichos se alimentan de raíces.

-Si pero esos ojillos rojos, parece como si entendiera lo que hablamos.

Santiago soltó una sonora risotada.

-Que cosas dices Pedro ¿Cuántas historias para no dormir has visto últimamente? Que son sólo topillos.

-¿Y esta cuerda medio mordida atada al pino?

-Si tenemos que preocuparnos de la mierda que deja la gente por ahí no haríamos otra cosa ¡así que al tajo que hay curro! Y acuérdate Pedro, son sólo topillos, simples, humildes e inofensivos topillos…

 

FIN




 

 

UNIA

       Luis esperó, empapado hasta los huesos pero esperó, tenía que ver quién era el gracioso que cuando bebía agua en la fuente junto con sus amigos los regaba miserablemente mientras escuchaban de fondo una aterradora risotada. Pero esta vez él no iba a correr como los demás, simplemente esperaría hasta que el gamberro apareciera. ¡Y lo hizo!, de entre los matorrales cercanos  una figura pequeña y grotesca se encaró con Luis.

            -Qué pasa insensato crío, tienes que correr como los demás o cogerás un resfriado de aupa, dile a tu madre que te haga una cataplasma de lirios, eso te aliviará.

            Luis no daba crédito, por un lado lo mojaba y posteriormente se preocupaba por su salud, pero tenía razón, lo mejor sería secarse cuanto antes.

             El pequeño ser desapareció corriendo de su vista antes de que Luis pudiese responderle, anonadado se dirigió a su casa intentando buscar una nueva excusa que le justificase ante su madre. Sencillamente chorreaba agua por todas partes. En su cabeza seguía la imagen de aquel extraño ser.

            -Tengo que hablar con Cascabel, seguro que sabe que es eso que nos tira agua. ¡Ufff! me da miedo sólo acordarme de su cara.

            Luis no tuvo que esperar mucho para encontrarse con Cascabel, desde la ventana del baño donde se estaba secando lo oyó ronronear.

            -¡Cascabel! –gritó Luis.

            Cascabel se acercó con parsimonia a la ventana.

            -¿Qué pasa? ¿Necesitas que te rasque la espalda?

            Luis contó lo sucedido al precioso gato, éste quedó pensativo y con suavidad se sentó en el marco mientras se lamía las uñas, después comenzó a hablar lentamente.

            -Esto es cosa de Escornupio.

            -¿Escornupio? ¿Pero quién o qué es? –preguntó Luis desesperadamente.

            -Evidentemente es un Gnomo.

            -¡Un Gnomo! ¡Imposible!

            - Pero mi querido Luis, ¿no estas hablando ahora con un gato?, porque estarás de acuerdo que soy un gato.

            -Sí sí claro, pero… yo pensaba que…

            -Todo es posible amigo Luis, todo. Creo que tienes que hablar con Brandigamo

            -¿Brandique…?

            -Brandigamo es un Gnomo médico, él conoce a Escornupio, fueron juntos a la facultad. Tiene la consulta en el sauce cercano al Centro de Salud del barrio.

            -Esto es para volverse loco, otro Gnomo, además médico de facultad y todo. Perdona Cascabel pero me cuesta asimilar esto.

            -Eso no es todo, tienes que llevarle un bollo y un tazón de chocolate caliente, son sus honorarios. ¡Ah!, y el bollo tierno. Ya me contarás…

            Cascabel dio la vuelta y se marchó lentamente por donde había venido, dejando a Luis en un mar de confusión, dudas, y sobre todo mucho escepticismo.

            A la mañana siguiente Luis se dirigió con el tazón de chocolate y su bollo tierno al viejo sauce cerca de la fuente de los Incrédulos y… no lo podía creer, había fila para la consulta de Brandigamo. Esperó pacientemente su turno, durante ese tiempo se dio cuenta que el Gnomo era un auténtico mal educado, feo también, ligeramente encorvado, ello hacía que su estatura pareciese más baja, daba  miedo, era muy exigente con el chocolate y el bollo aunque siempre atendía a todo el mundo, gente mayor en general con diferentes dolencias.

            -¿Y tú que quieres?, ¿que te duele? Espera, antes veré ese chocolate.

            Brandigamo metió el dedo en el tazón mordiendo un trozo de bollo.

            -Bueno no está mal. Bien, ahora dime tu dolencia crío.

            -Doler… doler no me duele nada, es otra cosa lo que quiero pedirte.

            Brandigamo se empezaba a mostrar impaciente.

            -No me hagas perder el tiempo tengo mucho trabajo.

            - Es por Escornupio que…

            -De Escornupio no quiero saber nada. ¡Márchate!

            -¡Pues me llevo el chocolate y el bollo!

            -¡No lo harás!

            Brandigamo aferró con fuerza el tazón y el bollo mientras Luis se abalanzaba sobre él intentándoselo quitar.

            -¡Qué lo hago!

            -¡Espera!, lo vas a derramar. ¿Qué quieres saber de él?

            Luis le contó lo sucedido en la fuente.

            -Debes hablar con Unia la Jana de la fuente.

            -¿Qué es una Jana?

            -Pero chico dónde vives. Jana es un hada de fuente, y Unia es la Jana de la fuente de Los Incrédulos. Ve a sus caños donde brota el agua y llámala por su nombre tres veces. Y ahora déjame con mi chocolate, mi bollo, y mis enfermos. ¡Fuera!

            Luis se dirigió a la fuente. No sabía que pensar: Gnomos, Janas, fuentes mágicas y bollos con chocolate, una locura, pero ya que había empezado con la historia continuaría con ella hasta el final.

            Lentamente Luis miró de reojo, le daba un poco de vergüenza decirle cosas a una fuente. Acercó su boca al agua y pronunció el nombre mágico.

            -Unia, Unia, Unia...

Nada, no pasaba nada hasta que…

            -Pess, pess.

            Alguien estaba llamando a Luis, poco a poco giró la cabeza en dirección a la melodiosa llamada. En una de las bancadas de piedra que rodeaban a la fuente una muchacha de unos dieciocho años sonreía divertida. Era maravillosa, no porque tuviera una belleza exuberante sino porque había algo que la hacía especialmente diferente: la sonrisa, los ojos verde azulados, su pelo que caía libre por los hombros, y ante todo ello una sencillez absolutamente envolvente. La ropa era un poco como ella: pantalones vaqueros y camiseta blanca, pero hacían de esa sencillez algo diferente que Luis no entendía. Ella se levantó de la bancada de piedra y se dirigió a Luis.

            -Esperabas que fuera vestida como el hada de Pinocho me imagino. Bueno los tiempos cambian para todas nosotras.

            Unia se acercó un poco más, extendió la mano y cerró con suavidad  la mandíbula inferior de Luis. Fue entonces cuando comprendió que tenía la boca abierta y se sintió como un verdadero estúpido. Unia le agarró de la mano sentándose los dos cerca de la fuente.

            -Bueno Luis, cuéntame el problemón.

            Luis intentó hablar pero se le atrancaban las palabras. La sonrisa perpetua de Unia le infundaron confianza y poco a poco logró contar todo lo sucedido, desde las duchas de agua de Escornupio hasta Brandigamo y sus bollos de chocolate. Unia con tranquilidad abordó la situación.

            -Pobre Escornupio, está muy aburrido. Desde que Luna se marchó nada ha sido igual para él. El mundo se le ha vuelto hostil  culpando a todo y a todos de lo que pasó con ella. Dejó de ejercer la medicina que era parte de su vida, la otra era Luna y ahora se encuentra vacío; no tiene a nadie, está solo y amargado consigo mismo.

            -¿Quién es Luna?

            - Luna era la mujer de Escornupio, hace cincuenta años se marchó con un Korreds –Unia se dio cuenta que Luis no terminaba de entenderle y resolvió darle una pequeña clase.

            -Un Korreds es un Gnomo buscador de diamantes, éste concretamente es poderoso y guía de un nutrido grupo de Ananos, picadores de minas de diamantes. Tienen su sede en las cuevas secretas del Moncayo.

            Luis dio la solución a Unia

            -Bueno, pero esto es tan fácil como ir en busca de Luna y traerla devuelta.

            -Eso sería fácil amigo Luis, si no fuera porque Luna quiere con todas sus fuerzas al Korreds. No hay nada que hacer en ese aspecto. Aunque… tal vez. ¡Luis! ven esta noche sobre las doce a la fuente, ocúltate entre los arbustos y espera… con un poco de suerte la naturaleza hará lo demás, y ahora adiós tengo que prepararlo todo.

            Y Unia desapareció volatilizándose en el aire.

            Sonaron en un reloj las doce, todo estaba tranquilo: ni un coche, ni aviones ensordecedores, ni autobuses. Sólo el ruido de la fuente y el silencio que acompañaba al ruido de agua alegre y fresca. Luis llegó puntual escondiéndose en unos matorrales justo enfrente de la fuente. El cielo estaba especialmente despejado y las estrellas pujaban en belleza revelando todo su fulgor. Desde muy niño y en las noches despejadas, Luis se entretenía en juntar las estrellas con líneas imaginarias que delineaban figuras terribles y bellas al mismo tiempo: guerreros, dragones y princesas eran su particular catálogo mágico. Ahora, incluso con sus doce años seguía manteniendo esa facultad, incluso era el único que podía hablar con Cascabel situación por cierto que le había costado ir al psicólogo repetidas veces. Sus padres pensaban que no era un niño normal para su edad.

            En eso estaba hasta que una vocecita y un ligero ruido cerca de la fuente le sacaron de sus recuerdos. Era…

            -¡Es un Gnomo chica!, Unia ha traído a una chica para Escornupio.

            Era muy graciosa, un poco regordeta con una cara muy simpática. Llevaba una cesta con hierbas y andaba sin entender donde estaba. Intentó sentarse en la bancada de piedra pero no llegaba, cogió carrerilla y con un fuerte impulso trepó hasta el pétreo asiento, después se quedó mirando hacia el arbusto donde estaba Luis y…

            -Ya estas saliendo amiguito de tu escondite, espero que alguien sea capaz de contarme qué estoy haciendo aquí.

            Luis se mostró sorprendido al ser descubierto. Con un cierto temor y un poco de vergüenza emergió de entre los arbustos.

            -Muy bonito, escondido como un truhán de pacotilla. ¿Cómo te llamas?

            -Luis

            -Yo Cantia, y ahora dime porqué estoy aquí.

            Cuando Luis iba a responder, un ruido y una voz desagradable bien conocida le hicieron volver apresuradamente a su escondite ante la mirada sorprendida de Cantia.

            -¡Por las barbas de los mil demonios del Moncayo! ¡Es que uno no va a poder dormir  ni descansar como se merece!

            Cantia se encaró con el grosero intruso que no era otro que Escornupio.

            -Buenas noches téngalas usted. ¿O la cortesía esta reñida con su escasos modales? Pues sepa que con más brutos me las he visto.

            Escornupio se quedó cortado ante la dama que tenía enfrente fijándose también en la cesta de hierbas que portaba. Todo ello le hicieron recordar otros tiempos.

       -¡Caramba! es mandrágora, muy eficaz para la picadura de víbora y enfermedades infecciosas. Veo que también tienes la famosa vara de oro, una planta muy poderosa para la cura de la ictericia ¡Oh! pétalos púrpuras.

            Escornupio recibió un tremendo manotazo por parte de Cantia dejándolo mudo, sorprendido, y algo avergonzado.

            -Esta es mi cesta y mis hierbas.

            -Lo siento yo… recordaba cuando era médico.

            -¿Eras médico?

            -Sí pero es una larga y triste historia. Ahora sólo soy un viejo cascarrabias.

            -Te has sorprendido mucho ver estas hierbas. ¿No tenéis por aquí?

            -Sí que tenemos pero nadie que las maneje correctamente.

        -No es por nada pero soy una experta y en mi pueblo he colaborado con lo médicos más eminentes, pero no se qué hago aquí ahora, la verdad.

            -Si te quedases tal vez… volviera a ejercer y…

            -No sé yo…

            -Se puede intentar

            Escornupio cogió la mano de Cantia y se la llevó. Ésta giró su cara hacia el arbusto donde se encontraba Luis y le guiñó un ojo.

            -Bueno ahora sólo hay que esperar…

            Era la voz suave de Unia. Luis reprimió un respingo producto del susto.

            -Mi trabajo Luis ha terminado, es hora de marcharme, de volver al agua.

            Luis no pudo reprimir una pregunta angustiada

            -¿Te veré de nuevo?

            -Cuando os hacéis mayores perdéis la fantasía en beneficio de una realidad gris, de un mundo lleno de prisas, sin espacio para soñar, entonces nosotras desaparecemos, sencillamente dejamos de existir.

            -¡Yo no quiero que eso suceda! Unia, quiero seguir contigo no quiero perder la fantasía ni dejar de soñar.

            Unia le hizo una señal para que le siguiera.

            -Pon tu oído sobre éste árbol

            Luis acercó la oreja apartándose rápidamente de él.

            -Dice que no hay quien duerma con tantas voces.

            Unia se río de manera divertida.

            -Prueba con ese otro, es menos gruñón.

            Luis se dirigió algo temeroso al siguiente árbol.

            -Dice que le pica muchos las ramas, tiene la seguridad que es procesionaria.

            Unia miró a Luis fijamente, era la primera vez que en su cara no se dibujaba la sonrisa y un cierto halo de melancolía dominaron sus palabras.

        -Mientras sigas trazando líneas maravillosas con las estrellas yo estaré contigo. Mientras sigas siendo capaz de escuchar a los árboles yo estaré contigo. Mientras pienses que detrás del arco iris hay siempre algo maravilloso por descubrir yo estaré contigo. Si además eres capaz de dar tu mano amiga al necesitado y ver la parte buena que hay en cada corazón, mi querido Luis, yo estaré contigo porque además de fantasía tendrás magia. Ahora tengo que volver, acuérdate de mí cuando bebas en la fuente o cruces un río porque detrás de las profundas aguas velaré por ti. Mientras tengas fantasía yo existiré.

            Unia se dirigió hacia la fuente. Luis levantó la voz, era una voz serena y por primera vez decidida.

            -¡Unia! Si alguna vez me caso lo haré con una chica como tú.

            Unia le dirigió una cálida sonrisa. Y Unia se convirtió en el agua de la fuente. Luis se dirigió rápidamente pasando la mano sobre el transparente líquido ahogando el sollozo que empezaba a conmoverle. Un ronroneo arto conocido y el suave tacto de un lomo gatuno acarició sus pantorrillas.

            -Bienvenido al club de los admiradores de Unia. Una cosa está clara, ella no deja a nadie indiferente.

            -Nunca me había pasado una cosa así Cascabel. ¡Nunca!

            -Bueno, se te pasará.

            -¿De qué conoces a Unia Cascabel?

            -Bueno yo… he dormido muchas veces sobre su regazo.

            -¡Jolines Cascabel!

            -Bueno amigo mío es que yo soy algo más que un gato, si tuvieras tiempo para escucharme te contaría mi historia.

            -Amigo Cascabel, tengo toda la fantasía del mundo para oírte.

         -Verás, hace mucho mucho tiempo, en un viejo castillo, vivía un apuesto príncipe, ni que decirte que el príncipe era yo.

              -Sí, me lo imaginaba.

          -Mi padre, el rey, me encargó matar un pavoroso dragón que amenazaba la comarca de manera terrible…

            Luis y Cascabel siguieron andando mientras las estrellas escuchaban de hurtadillas aquella fantástica historia y la luna tomaba asiento entre las nubes.

 

                        Y colorín colorado este cuento se ha acabado.



 
LA DAGA

      Han pasado muchos años y en mi mente la historia que voy a contar sigue fresca. Ni tan siquiera estoy seguro de que sucediera si no fuera por la daga que aún conservo en mi despacho y en lo más profundo del corazón. No tengo hijos, jamás me case, en mi sentimiento sólo tengo hueco para un recuerdo obsesivo, ni tan siquiera mis sobrinos a los que trato paternalmente han logrado sacarme una sola palabra sobre la daga, posiblemente sea porque soy demasiado egoísta y guardo lo único bueno que en mi vida tuve. Ahora, cuando todo se va marchitando, tengo la necesidad de contarlo. Dejaré este escrito en el desván por si alguien lo encuentra, aunque si eso sucede, seguro que pensaran en un cuento o leyenda, y si nadie da con él o simplemente se pierde, el recuerdo formará parte de eso que llamamos eternidad.

 Era muy joven cuando una enfermedad bronquial se cebó sobre mí, el médico me aconsejó que además de los medicamentos prescritos tuviera que pasar una larga temporada en un lugar donde el aire fuese más puro y limpio. Enseguida pensé en Veruela y en Bécquer al que he admirado desde niño, posiblemente porque yo también tenga un concepto de la vida algo más romántico de lo normal. El dinero, madre de la ciencia y de las desdichas, me obligaron a cambiar de planes y conformarme con un pueblo del que siempre guardaré en la memoria como es Añón de Moncayo, muy cerca de Veruela y que por mediación de un amigo conseguí que una buena gente me acogiera en su casa como el hijo que nunca tuvieron.

 Cada vez que pienso en los acontecimientos que allí ocurrieron mis ojos se llenan de lágrimas, los recuerdos que enlazan con este precioso pueblo y que se unen a la parte más feliz de mi vida y también a la más triste, han hecho que nunca volviera a él para no perder la magia que encierra su propia añoranza. Las charlas del Sr. José junto al jardín que tan celosamente cuidaba, los guisos de su mujer Manuela, la partida de guiñote en el bar del Mateo con Don Julián como compañero de juego -un bondadoso cura y el rey de los sermones dominicales- los panes y bollos de la Melchora -nunca probé algo tan delicioso como aquellos tiernos pastelillos recién cocidos-. En fin, simplemente me reponía demasiado pronto para mi desdicha y tendría que dejar aquel paraíso lleno de ángeles para volver a la oscuridad fría y gris de la ciudad.

 Mi historia comienza con un largo paseo, era lunes y el sol brillaba de manera magnífica, estaba con fuerza y la bonanza del tiempo hacían el resto. Decidí cambiar de camino y girar por un recodo donde el aparatoso colorido de las flores blanco y naranja era dominante. Aquel manto policromado colmaba el paisaje de la misma manera que el pintor henchía con su pincel un cuadro. Al fondo, me pareció ver una especie de oquedad en la roca que conforme me fui acercando pude comprobar que se trataba de una cueva. Nunca tuve un espíritu intrépido, pero algo la hacía a pesar de su oscuridad atrayente, no lo dude y entré. Jamás pensé que aquello cambiase mi vida, pero ahora con la perspectiva que da el tiempo no me arrepiento de ello, y mil veces volvería a entrar aunque esto estuviera unido al dolor.

 La cueva no era profunda y pronto mi vista se acostumbró a la suave penumbra matizada por la luz que entraba desde el exterior. No había nada, cuando me disponía a salir mis pies tropezaron con algo metálico, lo cogí y busque un rayo de luz para saber que era, mi sorpresa fue mayúscula cuando comprobé que el objeto en cuestión era una daga. Sí, una daga perdida en una cueva y en un escenario de leyenda, pero esto no fue todo, en el mismo momento de cogerla empecé a escuchar un lastimero sollozo que parecía salir de las entrañas de la cueva, asustado, salí de ella.

 Si dijera que mis pasos no fueron rápidos mentiría, de la misma forma que mentiría si afirmase que mi temple era sereno y plácido en el momento de salir de la cueva, no obstante conforme llegaba a casa de José intenté sosegarme de la mejor manera posible. En la cena, y una vez guardada convenientemente la daga en mi cuarto, saqué el tema de manera distraída.

 - José, hoy paseando por uno de los caminos que llevan a la vereda, y en una especie de prado lleno de flores, me tope con una cueva poco profunda.

- Me imagino que te refieres a la cueva de los amantes

-¿De los amantes?

- Sí, es una vieja leyenda muy relacionada con otras que Bécquer recopiló. La historia es la misma: dos jóvenes enamorados, él cristiano, ella mora. En fin, los padres que no quieren que se casen y ellos que se suicidan. Lo dicho, todas estas leyendas son iguales, de todas formas el que más sabe de estas cosas si estas interesado, es el padre Julián, el viejo curica y afamado tramposo del guiñote, tiene como afición el recopilar antiguos cuentos de la región. Bueno, que de todo tiene que haber en este mundo impío como diría el propio cura Julián.

 Aquella historia contada sin mucho entusiasmo por el bueno de José me sedujo. Era demasiado tarde para acercarme a ver al padre Julián, sobre todo cuando éste tenía la costumbre de acostarse a la hora de las gallinas, así que lo deje todo para el día siguiente. Ni que decir que aquella noche mi sueño fue azaroso y envuelto en terribles pesadillas. A la mañana siguiente no dudé en dirigirme a la cueva a pesar de mis miedos, pero algo irresistible me obligaba a ello, así que cogí una linterna y me marché.

 Aquel paisaje pictórico me envolvió, era como una fragancia dulce que las propias flores rezumaban. Entré casi de puntillas en la cueva con la daga en mi mano mientras el corazón latía desbocadamente, y de nuevo un llanto triste como el que jamás he escuchado en mi vida invadió mi espíritu. Estuve tentado de salir corriendo, pero haciendo acopio de mi escaso ánimo me quedé sintiendo una profunda tristeza. Con la linterna fui iluminando todos los recovecos de la cueva pero allí no había ni tan siquiera un agujero para meter un altavoz, nada de nada, y sin embargo el triste llanto de mujer se oía claramente, mi corazón era tomado por una intensa e inexplicable angustia. Salí de aquel sitio de dolor y me dirigí con el ánimo apesadumbrado a la iglesia para hablar con el padre Julián.

 - Te refieres hijo a la cueva de los amantes

- Sí padre, una que está envuelta de flores

- Es una historia por desgracia repetitiva. Como ella era musulmana y él cristiano, sus padres en un alarde de estupidez prohibieron la boda. ¿Te acuerdas hijo el pasaje del Génesis en el que Dios hace al hombre a imagen y semejanza suya? Pues  ese es el error, el gran error.

- No le entiendo padre

- Pues que ese párrafo de la Biblia el hombre lo interpreta siempre de manera contraria: forjamos un Dios a nuestra imagen y no al revés y con ello ese Dios casi siempre coge lo peor de nosotros haciéndolo muy pequeño. Los padres de la leyenda crearon un Dios intolerante como ellos mismos y no se dieron cuenta que el verdadero Dios estaba representado en aquellos jóvenes y se llamaba amor, ése es su auténtico nombre, lo demás sólo ha servido para inventar guerras.

 A mi simpatía por aquel curica rechoncho y bueno se le uniría a partir de entonces  una profunda admiración y respeto.

 - Padre, me gustaría saber algún detalle más sobre la leyenda.

            - Poco más tiene la historia. Ella se cortó las venas con una daga y él, que por cierto se llamaba como tú, Diego, tomó un veneno. Fueron encontrados abrazados en la cueva con una carta dirigida a sus respectivos padres por la cual se les suplicaba que fuesen enterrados juntos, cosa que no aceptaron. Diego fue enterrado en cementerio cristiano, y ella que no logro recordar su nombre, la llevaron bien lejos. La leyenda dice que los cuerpos se convirtieron en dos flores: ella representada por una flor blanca y él por una flor naranja que siempre salen juntas. Como verás, los alrededores de la cueva están plagados de esas flores. No recuerdo su nombre en latín.

            - Gracias padre Julián, gracias

- Diego, come conmigo

- No gracias padre, pero a la Manuela no le gusta que coma con otros.

- Será ton… en fin como quieras, y mira si te fijas mejor en los gestos que te hago en el guiñote, que estamos perdiendo partidas porque no te enteras. Que me canso de pagarles cafés con copa al atontao del médico…

 Diego, él se llamaba Diego como yo. En mis pesadillas de la noche pasada yo veía a una joven árabe y la llamaba por su nombre. ¿Qué nombre era? La partida de guiñote fue un desastre, al bueno del padre Julián de nuevo le toco pagar el café, además de la copa y el puro al médico, pero mi cabeza estaba en otro sitio. Aquella noche fue especial, los sueños fueron tristes, me veía yo mismo como el Diego de la leyenda, la daga abría las venas de mi amada mientras yo tomaba el veneno y una maraña de flores blancas y naranjas nos envolvían una y otra vez.

 A la mañana siguiente me levanté muy temprano con una idea fija y obsesiva. Mis pasos se dirigieron a la cueva donde el llanto parecía perpetuo. Antes de llegar a su entrada recogí una flor de cada color. Ya en su interior, comencé a excavar de manera frenética un pequeño agujero donde deposité las dos flores. Con suma delicadeza las fui enterrando mientras repetía y ahora sí, su nombre: Zahira, Zahira, Zahira… No sé si sería imaginaciones mías, pero note un suave beso en la mejilla desapareciendo en el momento los sollozos, una paz fue envolviendo todo mi ser… Zahira, Zahira.

 Salí de la cueva con la daga en la mano, la sonrisa en mis labios y una añoranza perdida. Zahira y Diego estaban juntos para toda la eternidad. Diego… acaso no sería yo ese Diego, algo pasaba en mi corazón, tenía una sensación que no se puede transcribir en palabras, ni tan siquiera en las de un poeta. Algo en mí bullía como si fuera un reminiscencia, un dolor, una lágrima y también una armonía perpetua y maravillosa que escapaba a toda comprensión. Ahora me sentía diferente y el recuerdo de Zahira se uniría a mí para siempre.

 Han pasado muchos años desde aquello. Regresé a mi Zaragoza, dejé aquél pueblo de belleza incomparable y de buenas gentes llevándome conmigo su evocación y su pureza. Hoy sigo pensando en lo que sucedió y sé que cuando mis días se agoten me encontraré con Zahira, la flor de brillo y colores, así es como se traduce su nombre. También soy consciente que aquel Diego cristiano y yo somos la misma persona, que el misterio de la eternidad me dio una oportunidad para reunirme con Zahira. Aquellas flores enterradas en la vieja cueva no fue sino un aplazamiento para que definitivamente regrese en algún lugar del tiempo y el espacio con ella… Loco, no lo creo, hay demasiadas cosas que me hacen creer en lo que digo y sólo deseo que su brillante semblante esté otra vez junto al mío, finalmente para siempre. Zahira, mí adorada Zahira, la de los negros ojos y dulce sonrisa…

FIN

Nota del autor:

        Tanto los personajes del pueblo como la cueva son productos de la imaginación del autor. Sólo la belleza de Añón de Moncayo es verídica.




LA PELOTA TAMBOR

     Nota del autor:

     Este cuento obtuvo el primer premio en el VI Certamen literario "Los incrédulos de Casablanca" del año 2011.

       La historia que describo en estos papeles es tan increíble, que de no haberla vivido personalmente hubiera pensado que era un cuento de alguien con la imaginación algo extraviada. Pero es tan cierta como el aire que respiro, o el sol que ilumina la mañana y al mismo tiempo tan entrañablemente hermosa, que lo tétrico que en su momento pueda parecer sucumbe ante la magia que la cobija. Pero será mejor que me tranquilice y comience por el principio, no antes de confesar que desde que ocurrieron estos hechos mi concepto sobre la vida ha cambiado profundamente.

 La preocupación que teníamos tanto Marta como yo por la actitud de nuestro único hijo Javi de tan sólo 10 años, hacían de mi hogar lo menos parecido a un nido de felicidad. Su corta edad, no era impedimento para el comportamiento tiránico y hasta cruel que nos ofrecía, ni tan siquiera aceptaba un beso o una acaricia de su madre. No estamos hablando de travesuras normales para su edad, ni de rabietas de niño consentido, había en él algo malo y es duro decirlo como padre. En el colegio la relación que tenía con sus compañeros era puramente de pelea. Los especialistas a los que acudimos no terminaban de relacionar su comportamiento con algún trauma. Tampoco veían en él síntomas aparentes de enfermedad mental, todo ello hacía que la vida fuese difícil tanto para Marta como para mí mismo, únicamente esperábamos un milagro que cambiase la vida de Javi y por lo tanto la nuestra.

 No tengo claro como sucedió, ni como el destino piadoso llamó a la puerta, el caso es que tuve oportunidad de trasladarme por cuestiones laborales a un pueblecito precioso cerca del pirineo. Como el trabajo que tenía que realizar duraría varios años decidimos Marta y yo vivir todos juntos en el pueblo, así que buscamos una casita para intentar comenzar de nuevo. Tal vez a Javi le iría bien el cambio de aires, a lo mejor en otro ambiente su aptitud fuera diferente.

 Durante las primeras semanas no observamos ningún cambio en el niño, seguía siendo el mismo de siempre hasta que poco a poco y con el paso del tiempo, descubrimos detalles que nos hacían albergar esperanzas. Esto se reflejaba en pequeñas pinceladas, ya no era tan arisco cuando su madre lo intentaba besar, su comportamiento empezaba a ser más tratable, incluso empezaba a mostrar algo de interés por el colegio y sus compañeros que no fuera pegarles. Parecía que las cosas iban cogiendo otro color.

Y desde luego que cambio el color, empezó a darnos besos y admitir los nuestros, empezó a ser un niño con las travesuras propias de la edad y a jugar con los demás chicos. Todas las tardes y una vez hechos los deberes se marchaba a jugar con una niña que había conocido. Cuando regresaba a casa volvía con una sonrisa reflejada en la cara. El milagro parecía que se hacía realidad y la conversación de la cena empezaba a ser el de una familia normal. Javi nos contaba que jugaba con la niña a un juego muy divertido que le había enseñado y que también hablaba mucho con la madre de la chica porque siempre iba con ella. Mi mujer expresó su deseo por conocerlas pero Javi le contestó que antes se lo preguntaría a ellas. La respuesta nos puso tanto a Marta como a mí en alerta. A la mañana siguiente le prometí a mi mujer que indagaría sobre todo esto empezando por hablar con la maestra.

 Durante una hora esperé a que los niños salieran al recreo para hablar más tranquilamente con la profesora lejos de la vista de Javi. Le pregunté por su comportamiento en clase y la relación que tenía con sus compañeros, ésta me respondió que su conducta era ejemplar, que su rendimiento en clase era excelente lo mismo que el trato que tenía con los demás niños. La maestra no pensaba después de su proceder en las primeras semanas que diera un giro tan positivo, consideró a Javi como un auténtico cielo y un niño modélico. Un cielo… si hace unos meses un profesor me hubiera dicho que mi hijo era un cielo sencillamente habría pensado que se estaba riendo de mí. Nada más pude averiguar de la misteriosa niña porque Javi se relacionaba con todos sus compañeros y no tenía aparentemente preferencias, tampoco supe nada de ninguna madre, pues era normal que muchas de ellas fueran a buscar a sus hijos, en fin, que la conclusión era que Javi había cambiado para bien, pero ello no hacía que me resignase en mi búsqueda y en el deseo de conocer a su compañera de juegos  y a la progenitora.

 Después de contarle a mi mujer detalladamente la conversación mantenida con la maestra, le hice partícipe de la idea que se me había ocurrido y que era muy simple,  por la tarde sin que él se diera cuenta lo seguiría y así podría conocer directamente a la niña y a su madre. Marta insistió repetidas veces en acompañarme, pero le dije que pasaba más desapercibido una persona que dos y que lo dejase en mis manos. Tengo que reconocer que me costó persuadirla pero al final y no muy convencida aceptó que fuera yo solo. Sabía que se quedaría intranquila a la espera que le contase lo que había visto. Tantos sufrimientos nos había hecho padecer Javi, que entiendo como me pasaba a mí, que todo fuera un espejismo, que esa esperanza en forma de rayo de luz no fuese más que una pequeña tregua en el sin vivir que nos había atenazado los últimos años.

 Como siempre y una vez terminado sus deberes, Javi cogió su pelota y se marchó en busca de su compañera de juegos, como un felino en busca de su presa le seguí a cierta distancia. Para mi sorpresa no tomó la dirección de la escuela ni la del parque, continuó recto hacia un bosquecillo no muy grande pero espeso de vegetación. En el centro, los árboles hacían un pequeño claro, oí como mi hijo hablaba con alguien, lentamente me acerqué y escondido observé como Javi tiraba la pelota al aire mientras se escuchaba una risa infantil, después escuché como mi hijo contaba hasta tres que eran los botes que daba la pelota en el suelo. Mezclada con el ruido de los botes escuchaba lo que parecía ser una voz de mujer y que se unía a la risa de los niños, pero era incapaz de ver a nadie que no fuera mi hijo. Escudriñé lo mejor que pude pero teniendo cuidado de no ser visto, pero nada. Sí que escuchaba voces y risas de la niña y la madre aunque no podía entender lo que decían, y lo más sorprendente de esto es que yo conocía el juego. Estuve tentado de hacer acto de presencia repetidas veces pero algo me lo impedía, algo me decía que no debía hacerlo, así que me di la vuelta y regresé a casa esperando con resignación el aluvión de preguntas que me iba hacer Marta.

 Después de contarle a mi mujer el resultado absurdo de la investigación emprendida, mi cabeza sólo pensaba en el juego, un juego que había inventado con mi hermana cuando éramos niños. Consistía en lanzar el balón en alto, esperar a que diera tres botes como si fuera el sonido de un tambor y lanzarse sobre él. El ganador obviamente era el que antes lo cogía, lo habíamos bautizado con el nombre de la pelota tambor. ¿Pero como era posible que…? No entendía nada. En la cena le pregunté a Javi como se lo había pasado con su amiga y a qué jugaban. La respuesta de mi hijo me dejó sin aliento, habían jugado a un juego que la niña lo llamaba como la pelota tambor.

 Al siguiente día y aprovechando la amistad que había cogido con el médico del pueblo, le puse en antecedentes de mi hijo y el cambio que había experimentado en las últimas semanas, no escatimé palabras ni dejé nada en el olvido, quería que tuviera una total perspectiva de la personalidad de Javi. El médico escuchó atentamente mi relato y mostró bastante interés en hablar con él. Le invite a cenar a mi casa y con esa excusa podría conocer mejor al chaval. La velada fue muy agradable y después de los postres propuse a mi hijo que le enseñara su habitación al médico y así pudieran estar solos un rato. Después de una media hora los dos bajaron por las escaleras que conducían al salón. Miré a Marta y le hice un guiño cómplice que ella entendió perfectamente. Poco después mi mujer subía por las escaleras jugueteando con Javi para acostarlo. El médico me invitó a salir de la casa para fumarse un cigarro y poder hablar con más tranquilidad.

 Esperé ansiosamente que encendiera el cigarro y así poder conocer sus impresiones. Después de una gran calada me dijo que no había visto nada extraño y que no dejaba de ser curioso visto los antecedentes que le había expuesto por la mañana. Comentó que las enfermedades mentales, así como los rasgos de la personalidad desequilibrada, no desaparecen en pocas semanas, todo lo contrario, se necesita tiempo y paciencia, y después de haber hablado con el chico no veía nada que pudiera sospechar que pudiera estar escondiendo rasgos anormales de conducta, es más, veía en Javi un niño abierto y alegre.

 En los días siguientes que sucedieron a mi charla con el médico nada cambio, mi hijo seguía con sus juegos y más de una vez estuve tentado en seguirle y aparecer por sorpresa, pero había algo que me decía que no debía hacerlo, hasta que unas semanas después Javi llegó a la cena antes de lo normal, su cara era menos risueña y un halo de tristeza parecía dibujarse en su cara. Al interrogarle Marta y yo, nos comunicó que su amiga y la madre se habían despedido de él, tenían que volver de donde venían porque las razones de su estancia en el pueblo habían terminado.

  Javi se lamentó de que ya no podría escuchar las cosas maravillosas que le contaba la madre de su amiga, tampoco podría volver a jugar con la niña aunque le había dicho que enseñase a jugar a sus amigos de la escuela a la pelota tambor. Ante nuestra sorpresa Javi cambió la cara y sonrió pensando que sería una buena idea que toda la clase jugase, sería incluso más divertido y también una manera de recordarlas. Como movido por una súbita excitación, se levantó de la mesa y me dijo que la madre de la niña le había dicho que hiciera una cosa. El niño se dirigió hacia mí y dándome un abrazo me dio un beso en el lóbulo de la oreja mordisqueándolo suavemente. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, pero aún tenía otra sorpresa que me hizo palidecer, de su bolsillo sacó un objeto reluciente que la niña le había dado para mí, al verlo mis facciones cambiaron, lo cogí apretándolo en el puño y con un nudo en la garganta me levanté de la mesa ante la sorprendida mirada de mi mujer. Salí de la casa sin rumbo.

 No sé cuanto tiempo estuve vagando por las desiertas y oscuras calles, en mi puño cerrado como una prisión, llevaba el motivo de tanto desasosiego. Con paso tambaleante, llegué a un pequeño parque dejándome caer sobre un banco. Mecido por una suave brisa, con la luz de una vieja farola y acompañado de una noche repleta de brillantes luciérnagas celestiales lloré. Sobre mis mejillas corrieron mansamente un cúmulo de lágrimas que iban desahogando mi alma. Lloraba de gratitud, de alegría y también de miedo, ese miedo que nos embarga cuando nos enfrentamos a lo desconocido y no tenemos respuestas, cuando nuestro raciocinio no es suficiente para explicar lo inexplicado. ¡Ya sabía con quién había estado mi hijo! por eso lloraba. En mi cabeza se proyectaban escenas, recuerdos de mi niñez, cuando mi madre subía para acostarme y me daba un beso seguido de un leve mordisqueo en la oreja. Los juegos con mi hermana a la pelota tambor, o aquel anillo que encerraba mi puño con su nombre y su fecha de la primera comunión que ella siempre llevaba. Y la tragedia... el accidente de circulación, el autobús en el que ellas viajaban despeñándose por un barranco cercenándoles la vida. Mi madre y mi hermana llevaban muertas más de 20 años.

La suave luz del amanecer iba tiñendo la distancia y el sol poco a poco tomaba posición en el cielo azul. Me levanté del banco mirando al horizonte y observando cómo los reflejos brillantes se abrían paso sobre oscuros nubarrones. Era una especie de símil con mi vida. La luz llenaba mi alma colmándola de felicidad, y en lo más profundo de mi corazón, una sensación de infinita gratitud escapaba de su encierro. Después de muchos años recé.
 

                                                      Fin




AUTOR DE LA PÁGINA: ARMANDO SERRANO

"Un poco de todo y un mucho de nada"



"Siempre tiene que existir un ejemplar de mi especie, de lo contrario se extinguiría la revolución y la lucha de la fantasía contra la maldita realidad."

Hermann Hesse

"Si le parece cara la cultura pruebe con la ignorancia".

Groucho Marx
"Lo bueno del cine es que durante dos horas los problemas son de otros."

Pedro Ruiz
"Fuera del perro, un libro es probablemente el mejor amigo del hombre, y dentro del perro probablemente está demasiado oscuro para leer."

Groucho Marx
 
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